
El aire olía a frambuesa, y ella lo estaba mirando como si fuera un espejismo. No había nada más que hacer ni decir. Sólo había labios trémulos y sonrisas forzadas y la atmósfera aciago y el aire que los cubría como una mortaja. Y el olor de frambuesa.
Ay, mi niña. Ponte a tono. Que la vida es larga, ¿eh?
Váyase ya, zorro, que el vuelo está por despegar.
¿Le parece esto un momento hermoso, o no?
El cacareo estentóreo de un gallo eliminó la respuesta a esa pregunta del universo, y dirigió la atención de los dos hacia el deslumbrante y último amanecer. Los dos se callaron, tragándoselo todo.
Cuando él levantó la cabeza, ella lo estaba escaldando con su mirada, vertiéndose toda ella en él, toda su divinura y su desventura. Él no huyó de ello. Lo abrazó y esto lo sanó.
Cuando por fin se calló el gallo, ella esbozó una delicada sonrisa, y lo empujó para la puerta de embarque. Él no se resistió, pero tampoco usó su energía para dar el primer paso. Todo fue a causa del empujoncito.
Siguió en la dirección de la fuerza preestablecida, y se fue para siempre, con la misma sonrisa de ella, hacia el olor creciente de frambuesas.
