Una Tertulia En Mompox


Ella me preguntó, intrigada,“¿Alguna vez te has enamorado?”

Yo le contesté,  “He sentido el amor, pero nunca lo he tenido”

Se lo dije sin pensarlo bien y sin darle mucha importancia a la idea. 

Ella me gritó, “¡Anota eso, por Dios, que es poesía!”. 

Me reí. Traté de disimular y fingir una humildad que no me quedaba bien, porque en realidad sabía que ella tenía razón. Era una idea interesante y bien expresada — y, en la mayoría de los casos, ella tenía razón. 

“Pero, ¿qué quieres decir con eso?”

“Qué he sentido amor, que me he empezado a enamorar, pero  nunca he tenido la oportunidad de desarrollar un amor, de poseerlo, de tener aquella mujer a la que verdaderamente  amaba. Las que tuve, no las amé; y las que amé, nunca las tuve.”

“Ah… ya veo” -respondió ella- “nunca has podido tener una relación con una mujer que amas. Has amado, pero jamás has existido en una relación verdaderamente amorosa.”

“Algo así. Y qué triste es eso, eh? Un hombre de 27 años que jamás ha tenido un amor, que nunca ha tenido a una mujer que ama…”

“Por favor para con la quejadera, que nadie te está creyendo esas lagrimitas,” dijo ella, descifrando mi sarcasmo.

Me reí, como siempre hacía con ella. Tragué mi orgullo, y seguí sus órdenes como rara vez lo hacía. 

“Oye papito, y tú,  ¿nunca te has preguntado por qué yo no tengo marido?”

“Pues… recuerdo aquella vez que me dijiste que amabas la vida de soltera,  tal y como la tienes.”

Ella se rió, con sabiduría y deleite, como alguien que está a punto de decir justo lo que necesita la situación. 

“Por eso sigo soltera, pero no es la razón por la cual soy soltera. Yo tenía un esposo al que amé como no tienes idea, esto durante casi  dos décadas; lamentablemente, falleció.”

En ese momento, el aire enrarecido de la velada cambió un poco. La euforia pura de la noche cedió a algo más duradero, íntimo y hermoso. Ella no lo dijo con tristeza, ni con dramatismo. Su reacción fue difícil de capturar, y descifrar. Lo dijo con la sonrisa de alguien que cuenta una anécdota muy buena, a altas horas de la noche, cuando hay una linda melancolía que genera una especie de pesadez en la atmósfera. Me contó historias de sus escapadas,  aventuras y monotonías. Me dijo que casi nadie sabía de esta parte de su vida, y hasta este momento, sigo sin poder entender el  por qué ella guarda este suceso como un secreto. Puede que ni  ella misma sepa el por qué. Me recuerda, sin embargo, del silencio filosófico que guardó Bolívar después de la muerte de su amada y única esposa; Y por eso mismo, decidí no entrar mucho en detalles aquí. 

“Tú sí sabes vivir, mi querida amiga. Siento como si tuvieras todas las respuestas a la vida.”

“No seas tonto. No tengo las respuestas. Sólo tengo la magia”

“Y ¿cómo es que puedo conseguir un poco de esa magia?”

“Solo tienes que creer. Existe exclusivamente para aquellos  que son creyentes.”

Ella me miró, y me vió embelesado y sin respuesta alguna, por primera vez.

“Brindamos por la magia, bobo?”

“Como tu digas, Capitana. ¡Por creer en la magia!”

Y fue entonces cuando me di cuenta de que mis preocupaciones sobre el no haber vivido un verdadero amor se habían desvanecido. No porque no fueran importantes, sino porque la magia tiene esa facultad tan especial e inigualable de brindarnos felicidad y hacer que ciertas cosas desaparezcan, al menos por un rato. 

Cayó un sentimiento de paz sobre mi, inundando por completo mi alma; di las gracias a la vida por haberme dado esa noche, y por aquella inspiración poética que encontré en ese preciso instante, ahí, en la orilla del Río Magdalena y en la compañía de esa amiga tan especial que me enseñó la magia.